Cuando el Magisterio se Vuelve Tóxico: Una Mirada Desde Adentro

Cuando el Magisterio se Vuelve Tóxico: Una Mirada Desde Adentro

Ingresé al magisterio lleno de expectativas, con ganas de enseñar, transformar y aprender de mis colegas. Durante el periodo de prueba, viví lo que pensé era la norma: un ambiente colaborativo, donde había apoyo mutuo, cohesión entre docentes y un sentido real de pertenencia. Pensé que había llegado al lugar donde crecer como profesional y como persona. Pero este nuevo año escolar me demostró que lo que viví era más bien un espejismo.

Las caras ocultas empezaron a salir. Intrigas, alianzas, favoritismos y luchas de poder dignas de un capítulo de Juego de Tronos. Me he topado con docentes que tienen un ego tan inflado como frágil, convencidos de ser expertos en su área cuando muchas veces apenas dominan lo básico. Otros, que no pueden pasar un día sin estar en el centro de atención, como si el colegio fuera un escenario y ellos, la única estrella.

Y también están los que lo dan todo: los que planean, se comprometen, cargan con semilleros, proyectos, actividades extracurriculares y mil cosas más. ¿El problema? Nadie los valora. Su trabajo se asume como “obligación” y si alguna vez se cansan, la respuesta es casi automática: “Te falta vocación”.

La trampa del 'plus' docente

En el sector público se espera que uno dé siempre el famoso “plus”. Pero ese plus no es opcional ni voluntario: es exigido. Porque parece que dar clases no es suficiente.

Uno debe:

  • Preparar clase,

  • Ajustarla a los cambios de último minuto,

  • Crear guías, talleres, exámenes,

  • Lidiar con estudiantes con diagnósticos que no han sido acompañados por profesionales,

  • Ser psicólogo,

  • Ser abogado,

  • Ser administrador,

  • Ser aseador,

  • Ser ejemplo moral,

  • Y además aguantar las pretensiones de algunos padres que creen que educar a sus hijos es responsabilidad exclusiva de uno.

Y por si fuera poco: ¡administra un proyecto pedagógico! ¡Crea un semillero! ¡Haz informes, gráficas, formatos, reuniones! Todo en un supuesto horario de 6 horas de clase + 2 de trabajo autónomo, que en la práctica se vuelven 12 o más, incluyendo fines de semana donde uno termina agotado, revisando cuadernos mientras intenta descansar.

¿Y el compañerismo?

Vengo de dar clases en una universidad de la costa, donde, irónicamente, vi más compañerismo, más apoyo y menos toxicidad que en este sistema público que se supone debería estar más unido. Me resulta incomprensible que en el sector privado exista mayor sentido de trabajo en equipo, respeto entre pares y reconocimiento mutuo que en muchos entornos del magisterio oficial.

Aquí, pareciera que destacar molesta, colaborar incomoda y ser propositivo te vuelve una amenaza. Hay una cultura instalada donde el individualismo y la política interna pesan más que la verdadera vocación de educar.

Conclusión: Hay que decirlo

Este no es un artículo para generalizar, porque sé que hay docentes valiosos, sensibles, humanos y que trabajan por amor a su labor. Pero es urgente hablar de las dinámicas tóxicas que muchos callan por miedo o costumbre. Porque si no lo decimos, si no lo denunciamos, lo seguimos normalizando.

Educar es una de las profesiones más nobles, pero también una de las más maltratadas desde dentro y desde fuera. Y eso tiene que cambiar.

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