No siempre las conexiones humanas tienen sentido lógico. A veces conoces a alguien y, sin siquiera proponértelo, hay algo en ti que se activa, resuena, se mueve. No sabes por qué. No sabes para qué. Solo sabes que ahí, frente a ti, hay una persona distinta. Una que no se siente como las demás.
Eso me pasó hace poco. Conocí a alguien que, sin buscarlo, me hizo sentir acompañado. Una conversación llevó a otra, y sin darme cuenta, estaba hablando con ella por horas. Y no de cualquier cosa, sino de temas que normalmente no comparto fácilmente con nadie: emociones, heridas, filosofías, sueños, miedos, vida.
La conexión fue real. Pero también fue compleja.
Desde el primer momento sentí que había algo especial. No sé si fue su forma de escuchar, su interés genuino, o la paz que sentí al hablar con ella. Me reí, me abrí, compartí cosas que no suelo compartir. Por primera vez en mucho tiempo, me sentí visto.
Pero a medida que nos acercábamos, aparecía un obstáculo silencioso: el tiempo.
Ella venía de una historia difícil, de una ruptura reciente, de una vida compartida durante años con alguien más. Y aunque ya no estaban juntos, aún vivían en el mismo espacio, compartiendo rutinas, silencios y heridas no del todo cerradas.
Y ahí estaba yo, sintiéndome feliz por conocerla, pero también incómodo por los tiempos cruzados.
¿Por qué justo ahora? ¿Por qué yo?
Esas preguntas se me cruzaban constantemente.
No podía evitar sentir que había llegado en un momento donde no había espacio para lo que empezaba a nacer entre nosotros.
Y eso dolía. Porque no era indiferencia. Era simplemente… algo que no podía florecer en ese terreno.
Y a pesar de eso, seguimos hablando.
Ella fue honesta desde el principio.
Yo fui paciente desde el principio.
Pero la vida seguía mostrándonos que, aunque la conexión era real, el contexto no ayudaba.
Lo más difícil fue no forzarla ni forzarme
Quería que todo fluyera.
Y en parte lo hizo. Tuvimos conversaciones hermosas, nos escuchamos con atención, nos enviamos mensajes con cariño sincero. Incluso hubo gestos pequeños que me marcaron.
Pero también aprendí a respetar sus procesos.
A entender que alguien que está sanando no puede entregarse por completo.
A reconocer que lo que yo estaba sintiendo no podía convertirse en presión para ella.
Así que me dije: “Espera. Acompaña. Y si no es, agradece haberla conocido”.
Lo que me deja ella
Aunque la historia no ha terminado, aunque seguimos hablando con naturalidad, yo siento por dentro una mezcla extraña.
Me alegra haberla conocido. Ella es tierna, dulce, trabajadora, con una mirada que transmite paz, y una sonrisa que alegra el día. Me encanta verla reír, me gusta cómo piensa, me gusta su forma de ser.
Y sin embargo, en medio de todo eso, hay algo en mí que se está apagando otra vez. No porque ella lo apague, sino porque siento que esto, como tantas otras veces, tampoco será para mí.
Y eso me duele.
La soledad que vuelve a abrazarme
He empezado a aceptar que tal vez no voy a encontrar a nadie para mi vida.
No lo digo desde la resignación dramática. Lo digo desde esa sensación real, esa intuición que te llega cuando lo has intentado muchas veces y la vida sigue dándote el mismo resultado.
De a poco, vuelvo a decidir quedarme solo. A armar mi mundo de nuevo sin pensar en “nosotros”. A volver a hablar en singular, a dejar de imaginar planes compartidos, a dejar de buscar en los ojos de alguien más una posibilidad.
Porque amar cansa cuando no hay reciprocidad completa.
Y esperar duele cuando el corazón ya viene golpeado.
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