El Karma se paga en vida (y muchas veces en silencio)
Siempre he creído que la vida tiene una forma muy sutil —y a veces brutal— de equilibrar las cosas.
Llámalo justicia divina, ley de causa y efecto o simplemente... karma.
Y no, no estoy hablando del karma mágico que viene como castigo por tirar una piedra.
Me refiero a ese karma real, cotidiano, que no necesita fuegos artificiales para hacer efecto. Ese que llega en forma de soledad, remordimiento, pérdida, vacío o simplemente... en el espejo.
El karma no siempre grita. A veces se sienta contigo en silencio.
Hay personas que hacen daño, que engañan, que traicionan, que manipulan. Personas que se aprovechan de la bondad de los demás, que mienten con frialdad, que desprecian, que hieren...
Y uno los ve seguir con sus vidas como si nada. Incluso pareciera que todo les sale bien.
Pero con el tiempo he aprendido algo: el karma no siempre actúa cuando tú lo estás mirando.
A veces llega en la noche, cuando ya nadie aplaude.
O se manifiesta en relaciones que se destruyen, en vacíos que no se llenan, en una vida que por fuera brilla pero por dentro se desmorona.
Yo también creo estar pagando karma
Últimamente he sentido que el karma ha llegado a mi vida, especialmente en el ámbito del amor.
No sé si en algún momento de esta u otra vida rompí más de un corazón, herí a alguien que me amaba sinceramente, o dejé pasar una oportunidad real por orgullo o miedo.
Pero lo cierto es que en esta vida, amar y ser amado se me ha hecho difícil.
No es solo que no tenga pareja. Es que muchas veces me enamoro en silencio, me ilusiono con personas que no saben que existo, o cuando por fin parece haber una conexión, algo se rompe antes de empezar.
He dado cariño a quien no lo valoró, y he sentido afecto por quienes jamás lo devolvieron.
Y por momentos, me he preguntado: ¿Estoy pagando algo que hice? ¿Estoy saldando una deuda emocional que desconozco?
Porque, sinceramente, a veces me duele con demasiada frecuencia como para no cuestionarlo.
Lo que das, vuelve. Pero no siempre como esperas.
Cada palabra, cada acción, cada intención deja una huella.
Lo que haces con los demás... tarde o temprano, te lo haces a ti mismo.
No hay necesidad de desearle el mal a nadie. La vida se encarga.
Quien siembra traición, cosecha desconfianza.
Quien juega con otros, termina rodeado de máscaras.
Quien traiciona corazones, acaba preguntándose por qué nadie lo ama de verdad.
Porque el karma no castiga: enseña.
Y muchas veces, la lección más dura no es perder algo, sino darse cuenta tarde del daño que se causó.
También creo en el karma bueno
Así como creo que el mal se devuelve, también creo firmemente que lo bueno también regresa.
Tal vez no de la forma esperada. Tal vez no tan rápido como quisiéramos.
Pero la bondad, la lealtad, la paciencia, la nobleza... no son en vano.
Cada gesto que haces con amor, cada cosa que das sin esperar nada, crea un equilibrio interno que nadie puede quitarte.
Tal vez no lo veas hoy. Tal vez ni siquiera se note mañana.
Pero cuando la vida te devuelva el cariño justo, la oportunidad esperada o la persona correcta, vas a entender que tu siembra no fue en vano.
Conclusión: No es magia. Es consecuencia.
El karma no es un hechizo. Es una consecuencia emocional y espiritual.
Y como buen estoico, creo que no necesito perseguir justicia.
Solo necesito actuar con virtud, vivir con rectitud, y confiar en que el tiempo pone todo en su lugar.
Porque tarde o temprano... la vida cobra.
Y también premia.
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